El 28 de febrero se cumplió un año desde que salimos de Puerto Rico para mudarnos al Uruguay. Sin embargo, el mismo día que salimos no fue el día que llegamos. El 29 de febrero/ 1 de marzo cumplimos un año de haber llegado a la República Oriental. Sí. El viaje fue largo… En más de un sentido.
Al llegar esta fecha, como suele suceder con estos asuntos, me puse media cursi y melancólica lo cual me llevó a reflexionar sobre cómo llegamos hasta aquí. Un avión hizo el trabajo al final, claro, pero el viaje comenzó mucho antes de ese 28 de febrero del 2016.
Desde muy temprano tanto mi esposo Oscar como yo sentíamos en nuestro corazón la certeza de que dedicaríamos nuestra vida a trabajar para el Reino de Dios.
Nunca olvido esa noche de jueves a finales del año 2005 en la que, sin planificarlo mucho, aceptamos la invitación de nuestros amigos a la actividad de su campaña misionera que celebraban esa semana. Era la iglesia de la Alianza (nuestra denominación- Alianza Cristiana Y Misionera) en Dorado (shout out!) No recuerdo mucho de la actividad per se. A decir verdad, ni siquiera recuerdo el nombre del misionero ni el país en el que servía. Sorry! Pero lo que sí recuerdo es la última parte de su mensaje.
Sacó un par de zapatos claramente viejos y usados. Ese par definitivamente había visto mejores días. Habló sobre cómo él y otros misioneros estaban ya corriendo la parte final en la carrera de la fe. Pero en sus corazones pesaba una gran interrogante y retumbaba el eco de una oración- “Señor, ¿a quién pasaremos la batuta?" Y entonces, la pregunta.
A parte de “¿quieres ser mi novia?” y “¿te quieres casar conmigo?” ninguna otra pregunta en mi vida adulta (o al menos muy pocas hasta ese momento) había estremecido tanto mi vida, ni llenado mi corazón de tantas emociones. Mirando aquel viejo par con una mezcla de ternura, urgencia y fe, lanzó el reto- ¿quién llenará estos zapatos?”
¡Mi corazón latía a las millas! De estas veces que no solo tú lo oyes sino que juras que todos los que están cerca también lo pueden oír y no sabes si llorar, reír o pedir que llamen al 911. Con una seguridad tremenda- a la vez humana y sobrenatural- y como si lo hubiésemos ensayado en perfecta unanimidad, más coreografiado y coordinado que un tango, nos pusimos en pie mi recién esposo y yo y pasamos al frente. Y así respondimos al llamado del misionero de los zapatos. No cabía dudas, aquel llamado era para nosotros. Aquella noche era para nosotros. Aquellos zapatos eran para nosotros.
Luego de esto, al cabo de unos meses todas las puertas se abrieron y decidimos el lugar donde habríamos de servir. Todo salió perfecto.
Eso suena precioso. Pero nada más lejos de la verdad.
Nos siguieron años (sí, años) de cambios, pérdidas, decepciones, dudas, victorias, alegrías y tristezas. No. No todo fueron puertas abiertas, a pesar de que Dios sí nos había separado y llamado a esto, muchas cosas ocurrieron en el camino antes de que estas palabras se cumplieran en nuestra vida. Muchas veces nos desesperamos y en ocasiones hasta sentíamos que nuestra fe se debilitaba. Pero, ¡gloria a Dios que en nuestra debilidad se hace fuerte y se perfecciona su amor! En medio de cada uno de esos valles y de esas montañas, en medio de la incertidumbre una cosa permaneció constante y verdadera: Dios estaba con nosotros.
Hace a penas 2 años, vimos y respondimos al anuncio de “se busca gente para servir en Uruguay” en la página de la Alianza. ¿Y saben qué nos tocó hacer? Nada más y nada menos que continuar la tarea y servicio de una gran mujer y sierva de Dios que recién se retiraba y dejaba unos “zapatos que llenar”. Pudimos ver y entender cómo muchos de los procesos difíciles que atravesamos fueron dando forma y equipándonos para lo que vendría. Cada experiencia iba preparando nuestros pies para los zapatos que habíamos de calzar.¡Ahora nosotros seríamos los misioneros de los zapatos!
La palabra de Dios se cumplió. Porque, verán, eso es lo que pasa siempre con la palabra de Dios- se cumple.
Quizás estás pasando por un momento difícil y hasta has comenzado a dudar de la bondad y del plan de Dios en el mundo y para tu vida. A lo mejor ves a tu alrededor y lo que quieres es salir corriendo. Puedo decirte con toda certeza, que Dios está contigo. Las palabras de Jesús a Pedro cuando este estaba completamente confundido por lo que estaba pasando a su alrededor saltan de la página y cobran vida cuando dice - "Ahora no entiendes lo que estoy haciendo”, pero después lo entenderás.” - Juan 13:7. Su plan es bueno y su voluntad es hermosamente misteriosa y perfecta.
Me parece que ese corito de antaño que cantábamos sobre nuestra fe y la mano de Dios a son de pandereta, proclama una media verdad. Antes que la fe, la mano de Dios se mueve por algo todavía mayor: Su amor. Y es precisamente por eso que podemos confiar en él, en sus intenciones y en sus propósitos.
Puede ser que igual que Pedro, Oscar y yo ahora no lo entiendas o veas del todo. No obstante, te invito a cobrar ánimo y a que pongas tu confianza en este Dios que es movido por su amor, pues cuando menos lo esperes, todo hará sentido. Y llegará el día en que mirarás hacia atrás y dirás: "¡Ahora lo entiendo!” mientras Dios amarra con la ternura digna de un padre amoroso los gabetes de tus nuevos viejos zapatos.


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